EL JESUS DE LA SIERRA

Esta es la increíble historia del coprotagonista del documental La Sierra, un desmovilizado que hoy, en relativa paz, vive su propia marginalidad.

Nació el 20 de agosto de 1983, en el barrio La Sierra, en Medellín. Su nombre, Jesús Martínez. A los 15 años, el adolescente que se había criado con un padrastro, una mamá y dos hermanos, entró a formar parte del bloque Metro, la célula paramilitar que, por ese entonces, empezó a controlar el filo de la comuna centro-oriental de la capital antioqueña.

El número de crímenes que allí cometió sigue siendo incierto. Fue famoso por la habilidad en el uso de las armas, aun cuando perdió su mano izquierda cuando elaboraba un artefacto explosivo. "Fui un bandido total, fui un guerrero. Sé exactamente quién fui", dice mientras mira fijamente hacia el suelo.

Tal vez por todo eso, por pasar de víctima adolescente a joven victimario, Jesús o El Patrón, como hoy le dicen otros desmovilizados en el barrio, fue el coprotagonista –junto a dos vecinos más, Cielo y Edison– del muy aclamado documental La Sierra (ver recuadro), que lo catapultó a la fama como uno de los jóvenes insignes del ya largo conflicto urbano de Medellín.

CAMBIO fue hasta su casa. Se adentró en ese barrio al que, según las estadísticas populares, sólo dos taxis de 10 suben desde Medellín. Un punto marginal que, además, es vecino de otra célebre y trágica zona: Villatina, donde una avalancha de tierra acabó, en 1987 y de un solo tajo, con más de 400 vidas.

La Sierra es un barrio donde habita gente que Luis Guillermo Pardo, ex asesor del programa Paz y Convivencia en Medellín, define como "pobladores que han vivido en un entorno de miseria, agresión y abandono estatal, bajo el fantasma del enriquecimiento fácil". Una comunidad que ha crecido con el impulso de las bases milicianas guerrilleras de finales de la década del 80 y de las bandas delincuenciales al servicio del narcotráfico, y que, como insiste Pardo, "ha vivido en divisiones y poderes territoriales, en una subcultura de la guerra".

EL NUEVO NIÑO JESUS

Tal y como lo afirma el documental La Sierra, días antes de que los paramilitares de Medellín entregaran las armas al Gobierno, Jesús descubrió que no podía participar en el programa de indulto porque no tenía cédula. Sin embargo, hace dos meses se desmovilizó con el bloque Héroes de Granada. Pero, ¿cómo lo logró?

Jesús había pactado una cita con CAMBIO el pasado martes 12 de octubre a las 11:00 a.m., pero apareció hasta las 5:50 p.m. con la siguiente excusa: "Tuve que ausentarme porque los jefes nos llamaron. Tuve que ir a saludar a Don Berna, en Itagüí". Aquel martes al mediodía, Diego Murillo Bejarano, Don Berna, había sido trasladado desde la cárcel de Cómbita, Boyacá, a la de Itagüí, Antioquia. Por una orden de "arriba", centenares de paramilitares reinsertados fueron a saludarlo con pancartas que le daban la bienvenida desde fuera del centro de reclusión.

"Fui un bandido total, fui un guerrero. Sé exactamente quién fui." Jesús Martínez
Antes que nada, el Jesús de La Sierra contó cómo llegó a ser un guerrero en su comuna. "Fuimos nosotros mismos. Nadie nos llevó. Todos entramos por cuenta del conflicto. Eran ellos o nosotros. Era la guerra contra los milicianos del 8 de marzo que trabajaban con las Farc y el Eln. Después fue contra la gente del bloque Cacique Nutibara que, finalmente, nos doblegó. Entonces nos entregamos por la paz. Dejamos las armas y nos dedicamos a hacer parte de los desmovilizados de don Adolfo Paz (Don Berna). Ya lo necesitábamos".

Su propia desmovilización la resolvió tras un llamado de Don Berna. La cédula la consiguió en la Registraduría, en las Torres de Bombona, y con ella acudió al llamado de Adolfo Paz, quien lo había invitado a hacer parte del grupo de los Héroes de Granada. Pero, ¿por qué nunca tuvo cédula? "Por el conflicto. Nunca había podido salir a hacer nada. Era como un N.N. Pero al ver que estábamos en un proceso de paz, que todo esto paró, pues ya pude salir a buscar los papeles y registrar hasta a mis hijos".


EL NUEVO AGITE
José Ramírez, un cuajado moreno de Urabá de 27 años, que también forma parte del grupo de 30 desmovilizados de La Sierra que se unieron a los Héroes de Granada, le dice a CAMBIO que en tiempos de la guerra dura (todo el año 2003), nadie podía salir del barrio. "Todo era agite. Si vos salías, tenías que quedarte un buen rato por fuera. Y lo mismo si entrabas. Nosotros éramos prisioneros de nuestra propia violencia".

"Un día en el barrio podía tener de a dos a tres tiroteos –relata el padre Jaime Bravo Avelino, párroco de La Sierra–. Apenas me trasladaron para acá comenzó la barbarie. Tuve que hacer muchas misas por los muertos. Hoy las cosas son diferentes. Hoy, en una nueva ley, estos muchachos andan con chalecos y radios, pero sin armas. Por lo menos ya no hay fuego".

José Ramírez también afirma que, luego de la desmovilización, los 30 hombres del bloque Metro que depusieron las armas tienen hoy tareas específicas con la comunidad, como sacar la basura, por ejemplo. "Cada quien dona dos horas diarias de servicio a la comunidad. Ya no estamos de policías o de jueces como antes. No, ahora nosotros le damos trabajo al Estado".

Jesús, por su parte, vive en una pequeña casita, como casi todas las de La Sierra, prefabricadas, muy pobres. Vive junto a su nueva mujer y su bebé recién nacido. A sus 22 años tiene dos hijos: Estiben Alberto, de dos años y medio; y Estefanía, de tan sólo dos meses de edad. "Es por ellos que estoy cambiando. Es por ellos que estoy aquí, porque, la verdad, hasta hace muy poco pensaba que no los iba a conocer".

Jesús descubrió que no podía participar en el programa de indulto porque no tenía cédula.
El hoy reconocido joven de 22 años sufrió lo insufrible. Psicológicamente acepta haber recibido todo tipo de daños. Físicamente, perdió su mano izquierda el 6 de diciembre de 2002, mientras fabricaba un artefacto explosivo que se le activó. En combates, casi pierde la vida.

Después de su desmovilización, dice que no ha vuelto a empuñar un arma, que hoy hasta se ve con sus viejos enemigos y los saluda. Que les dice que lo que pasó, pasó, y que hay que seguir para adelante.

Su futuro, como el de casi todos los habitantes de La Sierra, es incierto. "Quiero acabar mis estudios. Quiero terminar mi bachillerato y entrar en la un uversidad para ser periodista. Un periodista de la televisión".


VIDA DE BARRIO
La Sierra se mueve todo el tiempo. Niños y adolescentes van y vienen. No se ven hombres maduros. La economía informal parece ser el único empleo. Todos observan de reojo. Se entiende que todo se entiende. Unos niños le dicen a CAMBIO: "¡Ah, ustedes son los que van a donde Jesús!". Otros juegan a dispararse de mentiras con maderos en forma de largas armas. Todo sigue bajo un control tácito. Y lo más increíble, los ex ‘paras’ son tan pobres como todos en La Sierra.

Margarita Martínez, codirectora del documental La Sierra, afirma que el hecho de que haya habido una entrega de armas no significa que la desmovilización genere una desarticulación de las organizaciones. "Todavía ellos, el proletariado de la guerra, siguen siendo las autoridades del área".

Sin embargo, en medio de la extrema pobreza, la parroquia intenta hacer algo. Con el esfuerzo de dos padres ecuatorianos y dos seminaristas, 80 niños reciben almuerzo diario en La Sierra, y más de 200 van a la escuela. "Pero son casi 1.000 los niños que viven aquí. Niños que se pierden. Niñas de 13, 14 ó 15 años que se prostituyen por 10.000 pesos –dice el padre Jaime, un verdadero héroe perdido en esta guerra–. Este es un tema de pobreza, exclusión y marginalidad. Si el Estado sigue con su abandono, la guerra continuará",

"A mí me faltó más tolerancia. Más ganas de salir adelante –recalca Jesús–. Claro está que si el Estado se hubiera aparecido por aquí, pues las cosas hubieran sido diferentes. Aquí prácticamente nos tocó defendernos solos. Todo esto tiene que ver con el abandono del Estado".

Jesús, que aparece a lo largo y ancho del documental consumiendo droga, le confiesa a CAMBIO, sentado en una silla frente a su casa, que mira una Medellín lejana, que aún no ha dejado de hacerlo, que está tratando, y que no es fácil. Que por cuenta de ella sufrió de delirio de persecución. Que "...todos pensábamos que ya nos íbamos a morir".

Ante la última pregunta que CAMBIO le hace: ¿Ahora usted es feliz?, Jesús simplemente responde: "Totalmente. ¿No me ven que estoy vivo?".


EL DOCUMENTAL

-Durante todo el año 2003 se grabó La Sierra.
- Los personajes del documental son Edison (q.e.p.d.), Cielo (19 años, esperando bebé) y Jesús (22 años, desmovilizado).
- Los directores son la colombiana Margarita Martínez, periodista de Associated Press en Bogotá; y el estadounidense Scott Dalton, periodista y camarógrafo independiente.
- La Sierra se estrenó, en Nueva York, el 15 de septiembre.
- 5’850.000 espectadores vieron La Sierra en su estreno en televisión en Colombia.
-En su segunda emisión, la cifra pasó los seis millones de espectadores.
- Ha ganado los premios IFP (Independent Feature Productions) de Nueva York y el Festival Internacional de Cine de Miami, así como una mención de honor en el Festival Slamdance de Cine.

Pandillas Juveniles
Cordialmente,
Alfredo Rangel
Director
Fundación Seguridad y Democracia
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Después de que Scott Dalton visitó el barrio Santo Domingo, en las comunas de Medellín, quedó impresionado con la forma de vivir de sus habitantes. Lo primero que hizo al regresar a Bogotá fue pensar en realizar un documental. Había llegado desde Texas al país en 1999 y lo impactó la realidad que encontró en el sector.

Contactó a su amiga Margarita Martínez, una abogada de la Universidad de los Andes con una maestría en la Universidad de Columbia de Nueva York en relaciones internacionales y periodismo. Le pidió a la cartagenera que le ayudara a conseguir un permiso para entrar a uno de estos barrios.
'Doble Cero' era el jefe paramilitar de ese entonces en el barrio La Sierra, y fue él mismo quien les dio el permiso para ingresar. Llegaron sólo con una cámara Sony digital, unos días de licencia y las ganas de grabar. Era enero del 2003. "Me acuerdo que llegamos un miércoles y nos hicieron el mismo show que nos habían hecho cuando fuimos por primera vez a las comunas. Nos querían asustar y nos pusieron a caminar por las montañas. Desde abajo se veía la ciudad y ellos nos acompañaban vestidos con camuflado, pasamontañas y fusil".

Pero esto no fue impedimento para regresar al día siguiente. El jueves, Margarita y Scott llegaron al barrio como si nada hubiera pasado a pesar de que no fueron bien recibidos.
Ese día conocieron a Édison, y apenas lo vieron supieron que el joven de 22 años iba a ser uno de los protagonistas de su película. "Nosotros habíamos pensado originalmente en hacer la historia de otro comandante paramilitar, pero al conocer a Édison sentimos que nosotros lo habíamos escogido a él y él a nosotros". Lo recuerdan como un 'tipo' carismático, que cargaba la fatalidad de su muerte y que sabía que se iba a morir joven. "Por eso dejaba que lo retrataran, por eso tenía tantos hijos. Quería expandir su semilla, dejar su huella", dice Margarita mientras mira a Scott y recuerdan La Sierra como algo muy cercano.

El barrio está ubicado en la comuna ocho del noroccidente de Medellín. Antes había sido un fortín del Eln, luego pasó a ser parte de la milicia independiente y después de los paramilitares. Sus habitantes se acostumbraron a ver pasar una guerra tras otra por las calles y a recoger a sus muertos. Siempre han luchado a muerte por defender su territorio. "El primer día fue de inseguridad y de miedo, no por nosotros sino por la aceptación de la gente. Aunque estábamos acostumbrados a manejar ese tipo de situaciones".

Esta pareja, antes de llegar a La Sierra, había trabajado en la agencia internacional de noticias AP, donde se conocieron apenas llegó Scott a trabajar allí como fotógrafo. Era la primera vez que el texano tenía la guerra tan cerca. Margarita venía de trabajar "como productora cargaladrillos" en la cadena ABC.

Allí se convirtieron en grandes amigos. Por eso cuando Scott vio que la historia de La Sierra era para contar se lo propuso y ella aceptó sin pensarlo.
Después del primer viaje, todo marchaba bien hasta que Scott fue secuestrado en Arauca por el Eln. A los 11 días fue dejado en libertad y decidió regresar a Texas junto a su familia. Margarita, por su parte, tuvo dudas sobre el regreso de Scott, pero sólo bastaron tres semanas para que él estuviera de vuelta y seguir adelante con el proyecto.

Poco a poco conocieron a la gente del sector y se fueron ganado su confianza. Las vidas de Margarita y Scott ya hacían parte del paisaje de La Sierra.

Cada vez que tenían tiempo y plata viajaban a grabar. "Unas veces nos quedábamos donde unos amigos en Medellín -recuerda Margarita- y otras veces alquilábamos una casita en el barrio a $20.000 el día".

"La teoría más pura de un documental es ser una mosca en la pared". Margarita Martínez

El proceso del tiempo los hizo llegar a ser parte de la vida de Édison y de su familia. Conocían desde su piel, lo que pensaba, lo que sentía, sus mujeres, sus ocho hijos, sus dolores y sus sueños. "Era duro ver cómo la gente que había llegado a ser parte de nuestro diario vivir se sumía en una pobreza enorme, con problemas de marginalidad, embarazo juvenil, falta de trabajo y expulsión social".

Pero sería, sin duda alguna, la muerte de Édison lo que marcaría la historia de este documental y de sus vidas. "Recuerdo que era un sábado -cuenta Margarita- y ese día se baila mucho en los barrios populares. Había una fiesta de uno de los comandantes, pero yo tenía cosas que hacer al otro día, entonces iba de bajada. Scott se había ido a cambiar cuando me avisaron que Édison estaba muerto y le alcancé a avisar a Scott".

Scott no olvida ese día: "Escuché unas balas y pensé que estaban celebrando, pero cuando salí me di cuenta de que habían matado a Édison. Entré en estado de shock, porque era intentando hacer las tomas necesarias, pero al mismo tiempo conmocionado por la muerte de un amigo que había sido asesinado en la calle. Fue horrible, casi no pude grabar nada, fue muy duro. Sabíamos que él tenía ganas de morir, pero enfrentar la realidad es duro".

Aun así con el dolor en sus vidas el documental siguió avanzando. A Scott la alegría de los niños y los mismos habitantes del barrio lo ayudaron a salir adelante. "Era gratificante ver cómo nos recibían en su casa. Te invitan a comer. Los niños me pedían en la calle que les enseñara inglés. Las mujeres eran muy respetuosas, nunca se metieron conmigo. Tuve un gran amigo, 'Tolo', un hombre de 45 años que enseña a los niños a jugar fútbol y nunca ha estado involucrado con el conflicto ni con las drogas".

Se acercaba la época de la reinserción. Una esperanza con la que vio concluido su trabajo después de 100 horas de grabación.

Al regresar a Bogotá empezó otra etapa dura del documental: la posproducción. Durante casi seis meses se reunieron en Bogotá para ver escenas, escribir los libretos y revisar durante horas interminables todo el material. En julio del año pasado terminaron de editarlo y el resto ya es historia.
La Sierra ha ganado. No sólo se ha posicionado como el mejor documental en Colombia, ha sido reconocida en el exterior. Obtuvo el primer puesto en el IFP de Nueva York, el mercado más grande de cine independiente de los Estados Unidos. Ganó también como mejor documental en el festival de cine de Miami y mención de honor del festival de cine de Slamdance de Park City, de Utah.
A comienzos de este año el Canal Caracol lo compró. El día de su estreno, el 2 de octubre, lo vieron casi seis millones de televidentes. Margarita está satisfecha. "Espero que la gente tome conciencia de lo que estamos viviendo. Fue algo real. Espero que motive al periodismo, porque nos encasillamos en sólo la noticia, pero no se profundiza ni se vive".

Este equipo traspasó fronteras. El canal HBO Latinoamérica acaba de comprar el documental y una firma canadiense ha puesto sus ojos en él para venderlo por el mundo.

El apoyo para esta serie de trabajos en Colombia ha aumentado en los último años, tanto que el Ministerio de Cultura y la Dirección de Cinematografía ya han destinado fondos para una decena de producciones nacionales.

Mientras Margarita y Scott disfrutan de su cuarto de hora, seguirán trabajando en esta serie de documentales. Scott ya tiene debajo de la manga tres pensados. Uno en la frontera de México con Texas, otro en Miami y el tercero en Colombia, sobre el mundo de la coca. Por ahora viven bajo la sombra de La Sierra.

EL ESPECTADOR
Tola y Maruja
No nos consta


- Oites Maruja, ¿por qué estás cariacontecida?
- Tengo un taco en la garganta, Tola… Figurate que echaron a mi nieto Didier del trabajo.
¿A Didiercito el que trabaja en el DAS? ¿Qué pasó?
- Cómo te parece que lo pusieron a chuzar los celulares de los congresistas y lo pillaron dormido oyendo una conversación entre los senadores Holguín Sardi y Ciro Ramírez.
- ¡Cómo se le ocurre oír una conversación del dotor Holguín sin antes bogase un tinto bien cargao!

- Pobre Didier… Cuando le tocaba oír las conversaciones de Moreno de Caro, llegaba por la noche con la cabeza que se le quería estallar.
- ¿Y por qué no pidió traslado pal celular de Rocío Arias, que al menos conversa con don Berna?
- Didier me contó que las únicas conversaciones que le gustaban eran las del senador Renán Barco, porque se aprendía recetas muy buenas con malta, huevo crudo y kola granulada.
- Yo no serviría pa un trabajo de esos Maruja, porque no me aguantaría las ganas de meter la cucharada.

- Y el otro taco que tengo en el gargüero es lo de mi yerno Leonel.
- ¿Leonel? ¿Qué pasó?
- ¿Supites que la policía denunció que algunos maridos infieles que se pierden los fines de semana le salen a la esposa con que estaban secuestraos?... Leonel aplicó esa.
- ¡No me matés!... Desembuchá querida…
- Poné cuidao: imaginate que Leonel se embolató desde el viernes hace ocho días. Y al otro día, sábado, la hija mía, Rosalba, llame a la policlínica, llame al anfiteatro… Y por la noche llamó Leonel: que lo tenían secuestrao. A Rosalba sí le pareció raro que al fondo se oyera un conjunto vallenato…
- ¿Lo tenían en la costa?
- Esperate… Al rato llamó una vieja y pidió la primera esigencia: dos garrafas de ron, una bolsa de yelo, seis paquetes de cigarrillos y un kokoriko.
- ¡Sagrado rostro!

- El domingo por la mañana llegó una prueba de supervivencia: una foto de Leonel en pantaloneta parao en el trampolín de una picina. Entonces Rosalba se dijo: esta no es conmigo, voy a esperar que llegue ese asqueroso.
- Ya estaba cogido en la mentira.
- Y es tan descarao que la última esigencia, ya el lunes muy temprano, fue una ollada de changua y una petaca de cervezas bien frías.
- ¿Y qué cara hizo ese conchudo cuando por fin llegó a la casa?
- Le pareció mucha gracia llegar con una caja de mangos… Y Rosalba se detalló que en la caja decía Made in Melgar.
- ¡Ahí se vendió!
- Entonces Rosalba quizque le dijo: oiste Leonel, ¿y ese tufo? Y Leo quizque le contestó: me hicieron tomar de todo, mija… La idea era matame con la revoltura.
- Ese Leo se las coge en el aire.
- Y Rosalba lo güelió y le preguntó: ¿y ese olor a Pachulí? Y Leonel contestó: con ese perfume fue que me privaron esos bellacos…

- Ve Tola, no se nos olvide felicitar al canal Caracol por esa berriondera de programa sobre La Sierra.
- ¿Sabés Maruja qué me impresionó de ese indocumental?... Ese paraco que dejó ocho bebés… Cualquiera pensaría que lo mandó quebrar Profamilia.
- Se fajó Caracol… Y tuvieron la delicadeza de no pasar propagandas.
- Ve Maruja, hablando de propagandas, ¿será muy ordinario que digamos que nuestros sobrinos del grupo Frivolidad presentan La comedia divina este viernes en el teatro Jorge Isaacs de Cali y la otra semana en el teatro Pablo Tobón Uribe de Medellín?
- ¡Ufff!... Más ordinario que una funeraria con Hora feliz.

El Colombiano
La pobreza de película en La Sierra


En el barrio ya no viven balaceras de hace 2 años, pero hay otros dolores
Protagonistas de documental sobre el sector quieren superarse.
Niñas mamás, prostitución,falta de empleo, los mayores desencantos.
Por
Elizabeth Yarce

La Sierra, en el Oriente de Medellín, ya no es el barrio que se recorría dos años atrás, cuando los jóvenes, vestidos de camuflado y armados con fusiles, morteros y granadas, se enfrentaban de calle a calle y de techo a techo.

Pero algo, dicen varios de sus habitantes, se quedó "igualito": la pobreza y el estigma de ser una zona peligrosa a pesar del silencio de las armas y de que quienes en el pasado combatían hoy son desmovilizados de las autodefensas.

Ese barrio, de estrato uno, que se mostró hace poco en el documental La Sierra, está ubicado en las laderas de Medellín, en límites con Caicedo, La Toma y Villatina.

Hoy se puede caminar allí con tranquilidad pese a que hay jóvenes sin hacer nada en las esquinas, cosa que años atrás podría significar algún tipo de ataque. "No tenemos qué hacer, necesitamos camello", dicen algunos.

Las cosas mejoraron porque ya no hay "riesgo inmediato" de morir como consecuencia de una bala perdida, como ocurrió con una anciana del barrio Ocho de Marzo, cuya identidad no fue precisada y quien apareció en el citado documental.

"Ya no está ese traqueteo tan bravo que teníamos pero sí hay unos retorcijones de hambre en muchos estómagos", señala Javier, líder comunitario del sector.

"La cosa es tan horrible que muchas jovencitas están dándoselo (acostándose) u ofreciéndose a los señores de las tiendas a cambio de un mercado", agrega Julio Perdomo, desmovilizado de Auc exintegrante de la Junta de Acción Comunal de la comuna 8.

"Si no muestran la película seguro que ni siquiera sabían que estábamos en el mapa. Apenas los funcionarios se están asomando a mirar si esto es tan duro como parecía e incluso el Secretario de Gobierno (Alonso Salazar) nos visitó esta semana. Reconocemos que ha habido varias obras de la Alcaldía pero no sabemos en qué parará esto como va", agrega.

Varios de sus habitantes relatan que viven con de 5.000 a 10.000 pesos en el día producto de las ventas callejeras, el reciclaje, el trabajo doméstico.

Niñas mamás

En la iglesia de La Sierra Jairo Flórez saluda a dos de los siete nietos, hijos de Édison: "Esteban, Yuliza Xiomara, Yoiner, Válery, Sebastián y Camilo. Es lo bonito en medio de toda esta guerra", indica el hombre.

Dos de sus "nueras", Marleny y Yurani, apenas sí se saludan puesto que dicen que lo ocurrido con Édison no las dejó de amigas.

Pero coinciden en algo, a sus 19 y 17 años, respectivamente. "Ser mamá es bonito pero no ya. Hice hasta quinto de primaria, trabajo en un bar como mesera para sostener a la niña y me siento estancada. Quiero ser una mujer normal de esas que estudian, van a la universidad y las respetan", explica Marleny mientras juguetea con su niña de tres años.

"También estudié hasta quinto y ahora vendo mercancía a crédito. Cuando mataron a Édison yo estaba en embarazo. Dios sabe cómo hace sus cosas pero la verdad uno es muy inmaduro y si pudiera aconsejaría a cuanta joven veo por ahí que esperara varios años para ser mamá. Esto es lindo pero duro y más sin papá al lado", reflexiona Yurani.

A medida que se avanza hasta la parte más empinada de La Sierra varios de sus habitantes relatan otros dolores.

"No hay cuadra sin muchachita en embarazo. Eso significa más bocas para alimentar y menos posibilidades de que estudien", precisa Alfonso (pidió no mencionar apellido).

"Después de ver el documental donde se mostraba a La Muñeca (Edison Flórez) con siete mujeres embarazadas o con niños pensamos que esto iba a cambiar pero no. Por donde pase hay niños", relata Alfonso quien observa a Milady con su barriga a los 14 años.

"Uno sabe que existe el condón y todas esas cosas de planificar pero muchas veces es mejor tener un niño para que el papá no lo abandone a uno", dice una de las jóvenes embarazadas.

"Viendo lo que pasa con tanta niña aquí en el barrio uno sí empieza a cuidarse pero también hay hombres muy machistas y no les gusta con condón. Yo me cuidé hasta donde pude pero aquí tengo a mi bebé. Me tocaron Los 15 barrigona y siento que es muy lindo ser mamá pero no veo futuro para mí. El papá del niño me dejó y en mi casa vivimos con lo que gane mi mamá haciendo aseo. Somos siete viviendo de eso", agrega otra menor de 16 años.

"Yo no salí en ningún documental y quedé en embarazo y ahora tengo esta preciosura. Pero no tengo trabajo, me toca sufrir mucho y no sé si haya forma de que nos den empleo a tantas mujeres que estamos como madres solteras por aquí. No queremos un futuro malo, no los queremos en la guerra. Pero hay que educarlos bien y la verdad hay muchos a los que no se puede mandar a la escuela porque sencillamente no hay con qué", señala Verónica Chaverra, quien carga un niño de 15 meses.

"Por alimentar un hijo uno hace lo que sea y si no miren lo que pasó con Cielo en la película. A lo último no tuvo otra opción que terminar en un bar", dice una de sus amigas.

Cielo se encuentra en Urabá y espera un segundo bebé. Tiene dos meses de embarazo y ni ella ni el padre de la criatura cuentan con un empleo.

Una casa para Jesús
Después de atravesar un morro empantanado y subir más de 100 escalas, se llega a la casa de Jesús Martínez, quien dejó de ser anónimo desde que se exhibió el documental .

La vivienda tiene dos habitaciones en las que viven ocho personas, entre ellas su compañera sentimental y sus dos hijos, uno de ellos de dos meses de nacido, y un perro.

"Todo el mundo me saluda y bacano que sepan lo que vive uno. Pero me veo y me dan ganas de llorar. Qué boleta, no quiero ser el de la película. No quiero que mis niños terminen en el vicio. Quiero una oportunidad de ser un buen hombre. Seis años en la guerra me acabaron con mucho sueño", explica Jesús, quien se desmovilizó el pasado mes de julio.

"Uno madura biche y estar en esa vaina lo deja a con cosas malucas en la cabeza. Ahora estoy saliendo de la droga, estoy estudiando y estoy diciéndole a cuanta gente veo de estratos más altos que ayude al barrio. No éramos tres o cuatro los que metíamos (drogas) o los que teníamos a los niños aguantando hambre en la casa", precisa.

"Quiero sentarme un día y mostrarles la película a los niños y decirles que ni se les ocurra resultar en esa", añade.

Después del asesinato de alias La Muñeca, Jesús y otros 30 jóvenes del bloque Metro combatieron con el Cacique Nutibara. Al final se rindieron y decidieron unirse a ese grupo y pudieron desmovilizarse.

"El que ha estado en esta guerra sabe cómo es la movida y que uno quedaba como un güevón si no se metía en esto en estas zonas", dice Jesús.

Una cosa es uno estar allá en Manrique o en El Poblado viendo esto por televisión y otra muy distinta es uno aquí, muerto del susto y con el fierro en la mano. Doy a gracias a Dios por darme otra oportunidad. No quiero que me recuerden como el malo de la película sino como alguien como se equivocó cuando estaba joven pero ahora puede servirle mucho a este país", sostiene.

El joven empezó a realizar trabajos comunitarios en La Sierra y dice que sueña con una casa para él y para todos los habitantes del sector Las Mirlas-El Mosquito.

De lejos lo observa Walter (Pirulo), de 15 años, quien dedica su tiempo a lavar carros.

"Me dejaron muy solo cuando pasó todo ese chispero. Ahora me dicen que me van a ayudar luego de verme en la película (...) Claro que me hubiera gustado hacer muchas cosas en la vida pero es que esto ha sido bien berraco porque yo no tengo familia siquiera", explica el joven y quien durante varios años sirvió de "carrito" (encargado de llevar o esconder armas) de las Auc.

En medio de los problemas en La Sierra hay varias personas trabajando por mejorar las condiciones sociales y económicas de sus habitantes quienes advierten que no pueden ser desagradecidos puesto que las necesidades económicas se quedan cortas cuando de vivir en medio de balaceras se trata. "Eso es lo peor que le puede pasar a cualquiera. Rezamos para que esa guerra no vuelva", indica Verónica.

Ayuda al lector

En La Sierra subsisten aún muchas fronteras
Por
Margarita Martínez



Escallón En los últimos días me han preguntado cuál es la situación actual de los protagonistas y de La Sierra, el barrio en donde Scott Dalton y yo grabamos un documental en el 2003.

Mucho ha cambiado y al mismo tiempo las cosas siguen igual. Me contaron los periodistas que subieron al barrio esta semana que habían tenido que pedir permiso para filmar a los desmovilizados de la Corporación Democracia que agrupa a la gente de Diego Murillo ( a. Adolfo Paz o don Berna).

Como en los viejos tiempos. Como cuando Scott y yo le pedimos permiso a alias Doblecero, para ingresar a ese barrio de la Comuna Ocho, en esa Medellín de entonces llena de fronteras que aún subsisten.

Otras cosas son diferentes desde que terminamos de filmar las casi 100 horas. Las noches ya no son territorio de los muchachos armados. Los tiroteos con los barrios vecinos y las angustias por las balas perdidas son cosas del pasado. Ahora se forman corrillos de gente en las esquinas y charlas de vecinos en las sillas de plástico afuera de sus casas. Los muchachos del documental también han cambiado.

Jesús se desmovilizó en julio pasado con el grupo paramilitar Héroes de Granada. Tuvo otro hijo, una bebé que se parece a él. Le gusta la fama que le ha traído el documental.

Cielo esta esperando otro hijo que debe nacer en cualquier momento. Se va a llamar Luisa. Esta viviendo fuera de Medellín con El Gato, ese peludo al que ella peina el pecho durante el documental. Ni ella ni su novio tienen trabajo.

Dice que le gustaría que alguien les diera una oportunidad laboral para tener manera de sacar adelante a sus dos hijos.

Pero más que Medellín y Edison, Jesús y Cielo, La Sierra es toda la Colombia marginal, cercana a los prósperos centros urbanos donde su gente no tiene oportunidades de ingresar al mercado laboral, donde hay pandillas y las niñas de 14 años son madres.

La Sierra busca visibilizar y sensibilizar a un país que piensa que su problema es sólo de seguridad.

La historia de los pueblos la marcan las tragedias. Raramente las celebraciones. Lo que muestra "La Sierra" es una de nuestras tragedias.

El Universal
Cartagena de Indias, Colombia, miércoles, 12 de octubre de 2005
Viendo LA SIERRA

ALFONSO MÚNERA

Después de ver La Sierra -ese memorable documental sobre la suerte de los jóvenes pandilleros de las colinas nororientales de Medellín- mi hija Laura guardó silencio por un largo rato. Estoy muy triste -dijo- por la muerte de Edinsón, y se volvió a callar. En ese momento descubrí que, aún sin querer admitirlo, sentía lo mismo. Y entonces pensé que la clave del asunto estaba en que pese a que el tal Edinsón era nada menos que el jefe de la banda de paramilitares del barrio, que andaba armado día y noche, y seguramente había matado, el documental estaba tan bien hecho que uno era capaz de verle el alma a ese muchacho y comprobar que no era más que eso: un jovencito que había tenido que matar para no morirse él del puro terror que le producía la vida infame que le había tocado.
Ahora bien, el documental no tiene nada de romántico: uno viéndolo intuye también que a Edinsón no le temblaba la mano para dirigir a su tropa de casi niños en la ejecución de una masacre parecida a las tantas que han ejecutado a lo largo y ancho del territorio nacional los grupos paramilitares. Porque, claro, de eso se trataba. De sobrevivir a costa de lo que sea. Nada en su experiencia lo predisponía para lo contrario. Por otra parte, morir a balazos a manos del Ejército era una de sus tantas muertes previsibles.

Entre las muchas cosas de este documental que perturban el ánimo, una en especial me produjo profunda fascinación: Edinsón, el líder, disfrutaba de un poder absoluto sobre la vida y la muerte de los habitantes del barrio. Un inmenso poder derivado de la capacidad de matar. Pero al mismo tiempo, su vida de don Juan transcurría en la mayor miseria. La casa de sus padres seguía siendo una covacha sucia y oscura. Así mismo las de sus niñas amantes. ¿Para qué mataba, se pregunta uno, si a la larga seguía igual de miserable? Quizás ni él mismo lo sabía. Lo cierto es que hay otros, los de afuera, los que finalmente gobiernan los hilos de la violencia feroz desatada sobre la nación, que sí obtenían inmensos beneficios de esta guerra primitiva que los jovencitos de la banda de Edinsón libraban.

La misa final por el alma de Edinsón, en aquel ranchito miserable de sus padres, a la que acuden sus cuatro amantes niñas, unas con hijos, otras embarazadas, es un cierre perfecto para esta película profundamente triste: allí siguen, sin que nadie las ampare a sus 16 años, con hijos sin padre para criar y obligadas a vivir una vida signada por el miedo.

¿Cuántas Sierras hay regadas en el territorio nacional? ¿Aquí en Cartagena, cuántas se están incubando en los barrios miserables? ¿Mientras se pregonan las excelsas calidades del paraíso turístico, cuántos Edinsón se están incorporando desde los 12 años de edad a las pandillas, para aprender a meter vicio, para traficar y para matar? ¿Cómo culparlos, si la llamada sociedad decente les ha dado la espalda, si, en verdad, con sus amigos de la pandilla al menos derrotan un poco la soledad y encuentran un oficio que les permite comer?

Hablo con frecuencia con el padre Pachito, como le dicen sus feligreses pobres de las faldas de La Popa. Sé que su obsesión es ayudar a parar el crecimiento desbordado de estas pandillas y poder ofrecer a estos jóvenes casi niños otras alternativas de vida. Pero cada vez es mayor también la angustia y el sentimiento de frustrada impotencia que padece el padre Aldana, pachito. Y lo es en primer lugar porque a este gobierno de caricatura que ha tenido la ciudad no le preocupa esto ni nada que tenga que ver con el bienestar de sus gentes. Y en segundo lugar, porque nada de lo que pase en estas elecciones que se aproximan influirá de manera decisiva en un cambio significativo. Las Sierras cartageneras seguirán creciendo, de espaldas al paraíso.

El Universal
Cartagena de Indias, Colombia, miércoles, 5 de octubre de 2005
"La Sierra" es Colombia


El documental "La Sierra", una realización de los periodistas Margarita Martínez y Scott Dalton, mantiene el interés del espectador, a pesar de la saturación de películas colombianas que tratan la violencia.

La cinta es acerca de la vida de un barrio de las comunas de Medellín, controlado en el 2003 por el denominado "bloque metro" de las Autodefensas ilegales. Pero más que una historia de la violencia, los es del frágil y accidentado tejido humano de la marginalidad.

Los protagonistas son hombres y mujeres muy jóvenes, y algunos no llegan a los 25 años. Demasiado jóvenes para tener que vivir y morir en la realidad de la otra guerra colombiana, que se libra en las ciudades y no en los campos y selvas.

Las niñas compañeras de estos "duros" son otra parte del rompecabezas de esa Colombia que casi no conoce el país, o que tal vez se niega a aceptar que exista, y que puede estar en las goteras de cualquiera de nuestras ciudades. Allí los mandamases también pueden ser los "bacanes" que viven de vender drogas y que tienen como deporte "preñar" jovencitas, como ocurre en algunos barrios periféricos de Cartagena.

Madres de no más de 14 años de edad crían bebés en circunstancias indeseables, y pequeñines que con escasísimas edades aprenden a hablar para fraguar la venganza mediante las armas, como aspiración futura. Las jóvenes madres no tienen muchas opciones de futuro distintas a la prostitución, esperar a quien les ayude a criar a sus bebés, o vender productos en las calles, porque carecen de todo.

Futuro que se le niega también a personajes como Édison, el eje central de la historia, jefe del bloque en su zona, que hubiera querido estudiar ingeniería civil "para construir escuelas y centros comunales" en su barrio, pero que tuvo el final que intuía, al estar inmiscuido en la guerra por el control de territorios, que no se ha acabado pese a la desmovilización de gran parte de la estructura paramilitar en Colombia.

"La Sierra" documenta a aquellos colombianos que parecen vivir en otro país, a pesar de su proximidad física con las urbes más prósperas de Colombia, que en el caso del altiplano, o de La Popa en Cartagena, le sirven de telón de fondo a la miseria de las laderas.

El conflicto armado también se vive en las fronteras barriales, y es allí donde igualmente hay que hacer urgentes intervenciones sociales, antes que niños como el hijo de Cielo, una de las protagonistas de la producción televisiva, tengan acceso a un arma para tomar venganza de la muerte de su padre.

Falta de educación, fácil acceso a las armas, a las drogas, pocas oportunidades de desarrollo, escasísimas opciones para ocupar constructivamente el tiempo libre, constituyen, entre otros, el caldo de cultivo principal para que Colombia pierda otra generación de nacionales buscando eliminar al enemigo del momento.

En este sentido, "La Sierra" no es sólo Medellín, sino toda la Colombia marginal.

2. Folha de S.Paulo - "La Sierra" estuda guerrilha paramilitar - 04/10/2005

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http://www1.folha.uol.com.br/fsp/ilustrad/fq0410200518.htm
04/10/2005 - 10h04

"La Sierra" estuda guerrilha paramilitar
LÚCIA VALENTIM RODRIGUES
da Folha de S.Paulo

Uma faceta diferente da Colômbia se revela com "La Sierra", de Margarita Martínez e Scott Dalton. Ainda permanece sendo a Colômbia da violência, mas neste documentário sobre um povoado em Medellín não há narcotráfico nem Farc (as Forças Armadas Revolucionárias da Colômbia).

Aqui, não existe ideologia, e as drogas são um detalhe na vida de jovens para quem uma arma é símbolo de poder e de atração sexual. "Estamos nas mãos de garotos armados", sentencia um senhor no filme. Esses garotos fazem parte de grupos paramilitares ligados à extrema direita.

O filme começa numa corrida de táxi. Os dois cineastas pedem para serem levados à La Sierra, na periferia de Medellín. "Tudo bem, mas, quando chegarem lá, é melhor desligar a câmera. Não se pode filmar", aconselha o motorista.

Mas, com permissão do chefe nacional dos paramilitares, se pode tudo. Usando o mesmo subterfúgio que Fernando Meirelles quando rodou "Cidade de Deus", a jornalista Margarita Martínez ligou para seu contato no alto comando e subiu o morro. "O modo de vida desses combatentes é muito primitivo. Apenas pensam na sobrevivência, sem nenhum vestígio de ideologia política."

Em 2003, Martínez e Dalton acompanharam a rotina do povoado durante seis meses, enfocando três personagens principais: Edison, 22 anos, sete deles lutando para os paramilitares, é o comandante local. Moleque ainda, tenta resolver os problemas da comunidade, enquanto vê os seus aumentarem com o nascimento de um filho após o outro (são oito), todos de mulheres diferentes.

Alguém, afinal, tem de repovoar La Sierra, com tantos homens morrendo tão cedo. Um amanhã nas armas ou cuidando das crianças são as únicas opções locais.

Jesús, 19, viciado em cocaína, perdeu a mão com uma granada e vive "acelerado". "Não sei quando fiquei tão louco. Mas, desde que tenho uma arma, já posso morrer, porque conheci tudo."

Cielo, 17, se descobriu namorada de um paramilitar quando ele foi preso. Aos 15, já tinha ficado viúva pela primeira vez.

"Nossa idéia foi sensibilizar a juventude para que eles não entrem nessa vida", acrescenta Martínez.

O documentário estréia na quinta na TV colombiana, mas a cúpula dos paramilitares já viu. "Ficamos sabendo que eles assistiram e gostaram. Não sei se o governo vai apreciar, porque, quando exibimos o filme num festival americano, o prefeito de Medellín nos aconselhou que, nas apresentações, ressaltássemos que isso tinha acontecido há muito tempo."

"La Sierra" já está comprado por uma TV espanhola e pela BBC. Mas, no Brasil, por enquanto só será possível encomendá-lo pelo site www.lasierrafilm.com.

Realidad y cosmetología
Por Héctor Rincón
hrincon@lahoja.com.co

Supongamos que en Ralito hay dos docenas de esos comandantes que se hacen llamar como los llaman, y viven como viven en casas a las que entra el viento y desde las que miran a pastizales y a ceibas florecidas que dan sombras en las que retozan sementales cebú y terneros recién destetados. Supongamos.

Están allí, en las mejores tierras de Colombia, en las que todavía se oyen cantos de vaquería y por las que pasan arroyos que van al San Jorge o al Sinú, están allí porque además de tener un grueso prontuario delictivo son comandantes de un número de combatientes que según se dice ya son como 15.000, y que son quienes -esos guerreros- respaldan su poder que se les traduce a ellos -a esos comandantes- en vivir en todo eso tan bucólico y tan seguro y tan costoso.

Supongo pues todo eso cuando me sumerjo en la búsqueda de saber qué son, quiénes son y cómo viven esos militantes de los bloques autodefensores, y me encuentro con ellos a boca de jarro en un documental que se llama La Sierra que está por ahí en alguna sala de cine de culto, en los semáforos en donde lo venden los piratas como un éxito de temporada, pero está sobre todo en la realidad que se vive en los barrios de arriba de Medellín, pero que pudiera ser en los de Bogotá o en los de Cimitarra o en los de Puerto Asís.

La Sierra es una pasión periodística de Margarita Martínez y Scott Dalton, dos gomosos de la realidad que se cansaron de la tiranía de los restringidos formatos noticiosos habituales, y consiguieron a punta de apostolado coger hirviendo lo que sucede con esas bandadas de muchachos que son los trompos de poner de los comandantes aquellos que ya dije. Colombianos de barrios excluidos, reclutados por 15 centavos, armados de truenos y del poder que da tenerlos, que ejercen de niños feroces ante los vecinos, que matan jugando a ser Matrix, y a quienes matan por contabilizar que los mataron para que se mantenga el poder que da el terror a la muerte y a los ángeles exterminadores.

La Sierra es un documental verídico porque no recurre a la realidad fabricada de Rosario Tijeras
Este valiente documental muestra la evolución que ha tenido el sicariato que desde aquellos tiempos del 'narco' simple, cuando jalaban del gatillo 'por la cucha' porque madre no hay sino una, y padre es cualquier hijueputa, de aquella época a ahora hay toda una nueva generación al servicio de una delincuencia que se volvió política sin que ellos, los de la carne de cañón, sepan el qué y el para qué y el para quién. Como antes lo eran para los 'narcos' declarados, pero más barato ahora.
La Sierra, que es el nombre de la barriada en la que sucede esta vida de presentes miserables en las que aún no hay futuro, es un favor que nos hacen para ver lo que no se ve en las desmovilizaciones. Un favor para ponerles carne y huesos y lágrimas y hambre a los números que se publican de cuántos van, de cuántos del bloque tal, de cuántos de cuáles héroes son.

Una mirada en primer plano y sin maquillaje y sin tapetes rojos. Una mirada al espejo sin los estereotipos teñidos de farándula que han vendido a borbotones con Rosario Tijeras, esa película livianita que presenta una realidad imaginada en el cóctel, vestida de cóctel, hablada como de cóctel, que carece de veracidad. La Sierra es verídica como la miseria, dolorosa como el desangre de una juventud cosida a balas y a desesperanza. Un documental de época que desde luego no recurre al estereotipo del quihubo parce, insulso cuando no se siente desde adentro. Cuando se hable de estos tiempos que corren, en apariencia en camino hacia la mansedumbre, estará La Sierra para mirarnos al espejo.

E-mail: hrincon@lahoja.com.co
En El Tiempo de hoy...

Febrero 1 de 2005
Así fue la filmación de 'La Sierra', documental hecho en Medellín y premiado en E.U
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Durante un año, con permiso de un jefe paramilitar, dos periodistas estuvieron con adolescentes que dominaban un barrio. Esta es la historia.
Un tendero paisa del barrio La Sierra, en los cerros de Medellín, intenta resumir de manera simple lo que pasa en sus calles: "Los de allá matan a los de aquí porque son de aquí. Y los de aquí matan a los de allá porque son de allá. Son muchachos, estamos en manos de muchachos armados."
La cámara de Scott Dalton enfoca su rostro trigueño a través de una ventana. En buena parte, la frase del tendero es la misma que indujo a este fotógrafo estadounidense y a la periodista colombiana Margarita Martínez Escallón, ambos de la agencia de noticias AP, a filmar un documental que reflejara la situación de los jóvenes colombianos afectados por el conflicto.

Los dos reporteros se sentían impactados por las imágenes de niños y jóvenes apertrechados para la guerra que encontraron en sus correrías periodísticas.

Habían discutido el tema en diferentes ocasiones, aunque sin poder aterrizarlo. Hasta hace dos años, cuando les tocó cubrir las actividades del Bloque Metro de las autodefensas en los barrios periféricos de Medellín.

Por esa época, los fogonazos de pistolas y fusiles, como luciérnagas, salpicaban las noches en La Sierra y en otros barrios de callejones laberínticos. El Bloque Metro y la guerrilla se disputaban cada metro de territorio. Uno y otro bando estaba conformado por jóvenes reclutados de tiempo completo para la guerra.

Les pareció el escenario adecuado para contar una historia local, de dimensiones universales, como la película brasilera Ciudad de Dios.

Contactaron entonces a 'Doble cero' o 'Rodrigo', el jefe del Bloque Metro y le expusieron la idea.
El jefe paramilitar los escuchó atentamente antes de autorizar el ingreso de las cámaras a su territorio: "Sería un buen trabajo de la sociología de la violencia", recuerda Margarita Martínez Escallón que pronosticó 'Doble cero'.

Desde su radio, el jefe 'para' los puso en contacto con 'Edison', su hombre en las calles de La Sierra.
'Edison', quien terminó convertido en protagonista del documental, es como uno de aquellos personajes de Rodrigo D; o de No nacimos pa' semilla, pero con un discurso sobre la búsqueda del bien para la comunidad.

Cuando lo filmaron, 'Edison' tenía 22 años. Era el padre de seis hijos con seis mujeres diferentes, ejercía el mando sobre un ejército de adolescentes de bermudas y camisetas, y amanecía cada día con la sorpresa de seguir vivo.

Tardaron semanas en lograr la confianza de los jóvenes 'paracos' y de los habitantes del barrio. Pero, finalmente, los acogieron en sus casas y pudieron acceder con la cámara a momentos tan íntimos y caóticos como lo que rodean la muerte inesperada.

Por las noches, Scott Dalton los acompañaba en los patrullajes por los vericuetos del barrio. En una de esas jornadas, Dalton vivió el momento de mayor peligro durante la filmación.
Ese instante quedó grabado. Los muchachos avanzan por una callejuela cuando se escuchan un tiroteo. "¡Abajo gringo, abajo...!", le grita Jesús, uno de los combatientes. Todos se lanzan al piso mientras las balas zumban alrededor.

Filmaron en forma intermitente durante un año, hasta completar 122 casetes de 45 minutos cada uno. En el proceso la edición quedaron resumidos en un documental de 90 minutos titulado La Sierra.
Con ese material participaron, y ganaron, en diciembre pasado, el premio del mercado cinematográfico Independent Film Productions (IFP), en Nueva York, al mejor largometraje documental.
La semana pasada, La Sierra recibió mención de honor en el Festival Slamdance de Cine -conocido como el alterno al Sundance- en la misma categoría.

La próxima semana, del 7 al 12 de febrero, La Sierra estará en el Festival Internacional de Miami. En Colombia aún no ha sido exhibida, pero los directores están en negociaciones con un canal privado de televisión, para emitir una versión de 50 minutos.

También irán a Festival de Cine de Berlín, en un paquete de cintas ganadoras del IFP, que no estarán en competencia.

En el fondo, La Sierra es un reportaje periodístico con el foco puesto en los guerreros adolescentes, pero que permite ver el drama de cuatro generaciones azotadas por la violencia.
Aparecen las madres y abuelas desplazadas del campo a mitad del siglo pasado. Sus hijos son una generación casi invisible porque murieron en la violencia del narcotráfico de los 80. Sus nietos, como 'Edison', son los nuevos gatilleros y muchos hijos de estos ya son huérfanos de la violencia.
Por todo eso, La Sierra es inquietante. Es una advertencia sobre el futuro de generaciones que sin terminar la primaria juran sangrientas venganzas y de madres, viudas adolescentes, que intentan arañar unos pesos en el rebusque callejero para no terminar en una cantina de mala muerte.

José Navia
Editor de Reportajes

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