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EL JESUS DE LA SIERRA
Esta
es la increíble historia del coprotagonista del documental
La Sierra, un desmovilizado que hoy, en relativa paz, vive su
propia marginalidad.
Nació
el 20 de agosto de 1983, en el barrio La Sierra, en Medellín.
Su nombre, Jesús Martínez. A los 15 años,
el adolescente que se había criado con un padrastro, una
mamá y dos hermanos, entró a formar parte del bloque
Metro, la célula paramilitar que, por ese entonces, empezó
a controlar el filo de la comuna centro-oriental de la capital
antioqueña.
El
número de crímenes que allí cometió
sigue siendo incierto. Fue famoso por la habilidad en el uso de
las armas, aun cuando perdió su mano izquierda cuando elaboraba
un artefacto explosivo. "Fui un bandido total, fui un guerrero.
Sé exactamente quién fui", dice mientras mira
fijamente hacia el suelo.
Tal
vez por todo eso, por pasar de víctima adolescente a joven
victimario, Jesús o El Patrón, como hoy le dicen
otros desmovilizados en el barrio, fue el coprotagonista –junto
a dos vecinos más, Cielo y Edison– del muy aclamado
documental La Sierra (ver recuadro), que lo catapultó a
la fama como uno de los jóvenes insignes del ya largo conflicto
urbano de Medellín.
CAMBIO
fue hasta su casa. Se adentró en ese barrio al que, según
las estadísticas populares, sólo dos taxis de 10
suben desde Medellín. Un punto marginal que, además,
es vecino de otra célebre y trágica zona: Villatina,
donde una avalancha de tierra acabó, en 1987 y de un solo
tajo, con más de 400 vidas.
La
Sierra es un barrio donde habita gente que Luis Guillermo Pardo,
ex asesor del programa Paz y Convivencia en Medellín, define
como "pobladores que han vivido en un entorno de miseria,
agresión y abandono estatal, bajo el fantasma del enriquecimiento
fácil". Una comunidad que ha crecido con el impulso
de las bases milicianas guerrilleras de finales de la década
del 80 y de las bandas delincuenciales al servicio del narcotráfico,
y que, como insiste Pardo, "ha vivido en divisiones y poderes
territoriales, en una subcultura de la guerra".
EL
NUEVO NIÑO JESUS
Tal y como lo afirma el documental La Sierra, días antes
de que los paramilitares de Medellín entregaran las armas
al Gobierno, Jesús descubrió que no podía
participar en el programa de indulto porque no tenía cédula.
Sin embargo, hace dos meses se desmovilizó con el bloque
Héroes de Granada. Pero, ¿cómo lo logró?
Jesús
había pactado una cita con CAMBIO el pasado martes 12 de
octubre a las 11:00 a.m., pero apareció hasta las 5:50
p.m. con la siguiente excusa: "Tuve que ausentarme porque
los jefes nos llamaron. Tuve que ir a saludar a Don Berna, en
Itagüí". Aquel martes al mediodía, Diego
Murillo Bejarano, Don Berna, había sido trasladado desde
la cárcel de Cómbita, Boyacá, a la de Itagüí,
Antioquia. Por una orden de "arriba", centenares de
paramilitares reinsertados fueron a saludarlo con pancartas que
le daban la bienvenida desde fuera del centro de reclusión.
"Fui
un bandido total, fui un guerrero. Sé exactamente quién
fui." Jesús Martínez
Antes que nada, el Jesús de La Sierra contó cómo
llegó a ser un guerrero en su comuna. "Fuimos nosotros
mismos. Nadie nos llevó. Todos entramos por cuenta del
conflicto. Eran ellos o nosotros. Era la guerra contra los milicianos
del 8 de marzo que trabajaban con las Farc y el Eln. Después
fue contra la gente del bloque Cacique Nutibara que, finalmente,
nos doblegó. Entonces nos entregamos por la paz. Dejamos
las armas y nos dedicamos a hacer parte de los desmovilizados
de don Adolfo Paz (Don Berna). Ya lo necesitábamos".
Su
propia desmovilización la resolvió tras un llamado
de Don Berna. La cédula la consiguió en la Registraduría,
en las Torres de Bombona, y con ella acudió al llamado
de Adolfo Paz, quien lo había invitado a hacer parte del
grupo de los Héroes de Granada. Pero, ¿por qué
nunca tuvo cédula? "Por el conflicto. Nunca había
podido salir a hacer nada. Era como un N.N. Pero al ver que estábamos
en un proceso de paz, que todo esto paró, pues ya pude
salir a buscar los papeles y registrar hasta a mis hijos".
EL NUEVO AGITE
José Ramírez, un cuajado moreno de Urabá
de 27 años, que también forma parte del grupo de
30 desmovilizados de La Sierra que se unieron a los Héroes
de Granada, le dice a CAMBIO que en tiempos de la guerra dura
(todo el año 2003), nadie podía salir del barrio.
"Todo era agite. Si vos salías, tenías que
quedarte un buen rato por fuera. Y lo mismo si entrabas. Nosotros
éramos prisioneros de nuestra propia violencia".
"Un
día en el barrio podía tener de a dos a tres tiroteos
–relata el padre Jaime Bravo Avelino, párroco de
La Sierra–. Apenas me trasladaron para acá comenzó
la barbarie. Tuve que hacer muchas misas por los muertos. Hoy
las cosas son diferentes. Hoy, en una nueva ley, estos muchachos
andan con chalecos y radios, pero sin armas. Por lo menos ya no
hay fuego".
José
Ramírez también afirma que, luego de la desmovilización,
los 30 hombres del bloque Metro que depusieron las armas tienen
hoy tareas específicas con la comunidad, como sacar la
basura, por ejemplo. "Cada quien dona dos horas diarias de
servicio a la comunidad. Ya no estamos de policías o de
jueces como antes. No, ahora nosotros le damos trabajo al Estado".
Jesús,
por su parte, vive en una pequeña casita, como casi todas
las de La Sierra, prefabricadas, muy pobres. Vive junto a su nueva
mujer y su bebé recién nacido. A sus 22 años
tiene dos hijos: Estiben Alberto, de dos años y medio;
y Estefanía, de tan sólo dos meses de edad. "Es
por ellos que estoy cambiando. Es por ellos que estoy aquí,
porque, la verdad, hasta hace muy poco pensaba que no los iba
a conocer".
Jesús
descubrió que no podía participar en el programa
de indulto porque no tenía cédula.
El hoy reconocido joven de 22 años sufrió lo insufrible.
Psicológicamente acepta haber recibido todo tipo de daños.
Físicamente, perdió su mano izquierda el 6 de diciembre
de 2002, mientras fabricaba un artefacto explosivo que se le activó.
En combates, casi pierde la vida.
Después
de su desmovilización, dice que no ha vuelto a empuñar
un arma, que hoy hasta se ve con sus viejos enemigos y los saluda.
Que les dice que lo que pasó, pasó, y que hay que
seguir para adelante.
Su
futuro, como el de casi todos los habitantes de La Sierra, es
incierto. "Quiero acabar mis estudios. Quiero terminar mi
bachillerato y entrar en la un uversidad para ser periodista.
Un periodista de la televisión".
VIDA DE BARRIO
La Sierra se mueve todo el tiempo. Niños y adolescentes
van y vienen. No se ven hombres maduros. La economía informal
parece ser el único empleo. Todos observan de reojo. Se
entiende que todo se entiende. Unos niños le dicen a CAMBIO:
"¡Ah, ustedes son los que van a donde Jesús!".
Otros juegan a dispararse de mentiras con maderos en forma de
largas armas. Todo sigue bajo un control tácito. Y lo más
increíble, los ex ‘paras’ son tan pobres como
todos en La Sierra.
Margarita
Martínez, codirectora del documental La Sierra, afirma
que el hecho de que haya habido una entrega de armas no significa
que la desmovilización genere una desarticulación
de las organizaciones. "Todavía ellos, el proletariado
de la guerra, siguen siendo las autoridades del área".
Sin
embargo, en medio de la extrema pobreza, la parroquia intenta
hacer algo. Con el esfuerzo de dos padres ecuatorianos y dos seminaristas,
80 niños reciben almuerzo diario en La Sierra, y más
de 200 van a la escuela. "Pero son casi 1.000 los niños
que viven aquí. Niños que se pierden. Niñas
de 13, 14 ó 15 años que se prostituyen por 10.000
pesos –dice el padre Jaime, un verdadero héroe perdido
en esta guerra–. Este es un tema de pobreza, exclusión
y marginalidad. Si el Estado sigue con su abandono, la guerra
continuará",
"A
mí me faltó más tolerancia. Más ganas
de salir adelante –recalca Jesús–. Claro está
que si el Estado se hubiera aparecido por aquí, pues las
cosas hubieran sido diferentes. Aquí prácticamente
nos tocó defendernos solos. Todo esto tiene que ver con
el abandono del Estado".
Jesús,
que aparece a lo largo y ancho del documental consumiendo droga,
le confiesa a CAMBIO, sentado en una silla frente a su casa, que
mira una Medellín lejana, que aún no ha dejado de
hacerlo, que está tratando, y que no es fácil. Que
por cuenta de ella sufrió de delirio de persecución.
Que "...todos pensábamos que ya nos íbamos
a morir".
Ante
la última pregunta que CAMBIO le hace: ¿Ahora usted
es feliz?, Jesús simplemente responde: "Totalmente.
¿No me ven que estoy vivo?".
EL DOCUMENTAL
-Durante
todo el año 2003 se grabó La Sierra.
-
Los personajes del documental son Edison (q.e.p.d.), Cielo (19
años, esperando bebé) y Jesús (22 años,
desmovilizado).
-
Los directores son la colombiana Margarita Martínez, periodista
de Associated Press en Bogotá; y el estadounidense Scott
Dalton, periodista y camarógrafo independiente.
-
La Sierra se estrenó, en Nueva York, el 15 de septiembre.
-
5’850.000 espectadores vieron La Sierra en su estreno en
televisión en Colombia.
-En
su segunda emisión, la cifra pasó los seis millones
de espectadores.
-
Ha ganado los premios IFP (Independent Feature Productions) de
Nueva York y el Festival Internacional de Cine de Miami, así
como una mención de honor en el Festival Slamdance de Cine.
Pandillas
Juveniles
Cordialmente,
Alfredo
Rangel
Director
Fundación Seguridad y Democracia
www.seguridadydemocracia.org
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Después
de que Scott Dalton visitó el barrio Santo Domingo, en
las comunas de Medellín, quedó impresionado con
la forma de vivir de sus habitantes. Lo primero que hizo al regresar
a Bogotá fue pensar en realizar un documental. Había
llegado desde Texas al país en 1999 y lo impactó
la realidad que encontró en el sector.
Contactó a su amiga Margarita Martínez, una abogada
de la Universidad de los Andes con una maestría en la Universidad
de Columbia de Nueva York en relaciones internacionales y periodismo.
Le pidió a la cartagenera que le ayudara a conseguir un
permiso para entrar a uno de estos barrios.
'Doble Cero' era el jefe paramilitar de ese entonces en el barrio
La Sierra, y fue él mismo quien les dio el permiso para
ingresar. Llegaron sólo con una cámara Sony digital,
unos días de licencia y las ganas de grabar. Era enero
del 2003. "Me acuerdo que llegamos un miércoles y
nos hicieron el mismo show que nos habían hecho cuando
fuimos por primera vez a las comunas. Nos querían asustar
y nos pusieron a caminar por las montañas. Desde abajo
se veía la ciudad y ellos nos acompañaban vestidos
con camuflado, pasamontañas y fusil".
Pero esto no fue impedimento para regresar al día siguiente.
El jueves, Margarita y Scott llegaron al barrio como si nada hubiera
pasado a pesar de que no fueron bien recibidos.
Ese día conocieron a Édison, y apenas lo vieron
supieron que el joven de 22 años iba a ser uno de los protagonistas
de su película. "Nosotros habíamos pensado
originalmente en hacer la historia de otro comandante paramilitar,
pero al conocer a Édison sentimos que nosotros lo habíamos
escogido a él y él a nosotros". Lo recuerdan
como un 'tipo' carismático, que cargaba la fatalidad de
su muerte y que sabía que se iba a morir joven. "Por
eso dejaba que lo retrataran, por eso tenía tantos hijos.
Quería expandir su semilla, dejar su huella", dice
Margarita mientras mira a Scott y recuerdan La Sierra como algo
muy cercano.
El barrio está ubicado en la comuna ocho del noroccidente
de Medellín. Antes había sido un fortín del
Eln, luego pasó a ser parte de la milicia independiente
y después de los paramilitares. Sus habitantes se acostumbraron
a ver pasar una guerra tras otra por las calles y a recoger a
sus muertos. Siempre han luchado a muerte por defender su territorio.
"El primer día fue de inseguridad y de miedo, no por
nosotros sino por la aceptación de la gente. Aunque estábamos
acostumbrados a manejar ese tipo de situaciones".
Esta
pareja, antes de llegar a La Sierra, había trabajado en
la agencia internacional de noticias AP, donde se conocieron apenas
llegó Scott a trabajar allí como fotógrafo.
Era la primera vez que el texano tenía la guerra tan cerca.
Margarita venía de trabajar "como productora cargaladrillos"
en la cadena ABC.
Allí se convirtieron en grandes amigos. Por eso cuando
Scott vio que la historia de La Sierra era para contar se lo propuso
y ella aceptó sin pensarlo.
Después del primer viaje, todo marchaba bien hasta que
Scott fue secuestrado en Arauca por el Eln. A los 11 días
fue dejado en libertad y decidió regresar a Texas junto
a su familia. Margarita, por su parte, tuvo dudas sobre el regreso
de Scott, pero sólo bastaron tres semanas para que él
estuviera de vuelta y seguir adelante con el proyecto.
Poco a poco conocieron a la gente del sector y se fueron ganado
su confianza. Las vidas de Margarita y Scott ya hacían
parte del paisaje de La Sierra.
Cada vez que tenían tiempo y plata viajaban a grabar. "Unas
veces nos quedábamos donde unos amigos en Medellín
-recuerda Margarita- y otras veces alquilábamos una casita
en el barrio a $20.000 el día".
"La
teoría más pura de un documental es ser una mosca
en la pared". Margarita Martínez
El
proceso del tiempo los hizo llegar a ser parte de la vida de Édison
y de su familia. Conocían desde su piel, lo que pensaba,
lo que sentía, sus mujeres, sus ocho hijos, sus dolores
y sus sueños. "Era duro ver cómo la gente que
había llegado a ser parte de nuestro diario vivir se sumía
en una pobreza enorme, con problemas de marginalidad, embarazo
juvenil, falta de trabajo y expulsión social".
Pero
sería, sin duda alguna, la muerte de Édison lo que
marcaría la historia de este documental y de sus vidas.
"Recuerdo que era un sábado -cuenta Margarita- y ese
día se baila mucho en los barrios populares. Había
una fiesta de uno de los comandantes, pero yo tenía cosas
que hacer al otro día, entonces iba de bajada. Scott se
había ido a cambiar cuando me avisaron que Édison
estaba muerto y le alcancé a avisar a Scott".
Scott no olvida ese día: "Escuché unas balas
y pensé que estaban celebrando, pero cuando salí
me di cuenta de que habían matado a Édison. Entré
en estado de shock, porque era intentando hacer las tomas necesarias,
pero al mismo tiempo conmocionado por la muerte de un amigo que
había sido asesinado en la calle. Fue horrible, casi no
pude grabar nada, fue muy duro. Sabíamos que él
tenía ganas de morir, pero enfrentar la realidad es duro".
Aun así con el dolor en sus vidas el documental siguió
avanzando. A Scott la alegría de los niños y los
mismos habitantes del barrio lo ayudaron a salir adelante. "Era
gratificante ver cómo nos recibían en su casa. Te
invitan a comer. Los niños me pedían en la calle
que les enseñara inglés. Las mujeres eran muy respetuosas,
nunca se metieron conmigo. Tuve un gran amigo, 'Tolo', un hombre
de 45 años que enseña a los niños a jugar
fútbol y nunca ha estado involucrado con el conflicto ni
con las drogas".
Se acercaba la época de la reinserción. Una esperanza
con la que vio concluido su trabajo después de 100 horas
de grabación.
Al regresar a Bogotá empezó otra etapa dura del
documental: la posproducción. Durante casi seis meses se
reunieron en Bogotá para ver escenas, escribir los libretos
y revisar durante horas interminables todo el material. En julio
del año pasado terminaron de editarlo y el resto ya es
historia.
La Sierra ha ganado. No sólo se ha posicionado como el
mejor documental en Colombia, ha sido reconocida en el exterior.
Obtuvo el primer puesto en el IFP de Nueva York, el mercado más
grande de cine independiente de los Estados Unidos. Ganó
también como mejor documental en el festival de cine de
Miami y mención de honor del festival de cine de Slamdance
de Park City, de Utah.
A comienzos de este año el Canal Caracol lo compró.
El día de su estreno, el 2 de octubre, lo vieron casi seis
millones de televidentes. Margarita está satisfecha. "Espero
que la gente tome conciencia de lo que estamos viviendo. Fue algo
real. Espero que motive al periodismo, porque nos encasillamos
en sólo la noticia, pero no se profundiza ni se vive".
Este equipo traspasó fronteras. El canal HBO Latinoamérica
acaba de comprar el documental y una firma canadiense ha puesto
sus ojos en él para venderlo por el mundo.
El apoyo para esta serie de trabajos en Colombia ha aumentado
en los último años, tanto que el Ministerio de Cultura
y la Dirección de Cinematografía ya han destinado
fondos para una decena de producciones nacionales.
Mientras Margarita y Scott disfrutan de su cuarto de hora, seguirán
trabajando en esta serie de documentales. Scott ya tiene debajo
de la manga tres pensados. Uno en la frontera de México
con Texas, otro en Miami y el tercero en Colombia, sobre el mundo
de la coca. Por ahora viven bajo la sombra de La Sierra.
EL
ESPECTADOR
Tola y Maruja
No nos consta
- Oites Maruja, ¿por qué estás cariacontecida?
- Tengo un taco en la garganta, Tola
Figurate que echaron
a mi nieto Didier del trabajo.
¿A Didiercito el que trabaja en el DAS? ¿Qué
pasó?
- Cómo te parece que lo pusieron a chuzar los celulares
de los congresistas y lo pillaron dormido oyendo una conversación
entre los senadores Holguín Sardi y Ciro Ramírez.
- ¡Cómo se le ocurre oír una conversación
del dotor Holguín sin antes bogase un tinto bien cargao!
- Pobre Didier
Cuando le tocaba oír las conversaciones
de Moreno de Caro, llegaba por la noche con la cabeza que se le
quería estallar.
- ¿Y por qué no pidió traslado pal celular
de Rocío Arias, que al menos conversa con don Berna?
- Didier me contó que las únicas conversaciones
que le gustaban eran las del senador Renán Barco, porque
se aprendía recetas muy buenas con malta, huevo crudo y
kola granulada.
- Yo no serviría pa un trabajo de esos Maruja, porque no
me aguantaría las ganas de meter la cucharada.
- Y el otro taco que tengo en el gargüero es lo de mi yerno
Leonel.
- ¿Leonel? ¿Qué pasó?
- ¿Supites que la policía denunció que algunos
maridos infieles que se pierden los fines de semana le salen a
la esposa con que estaban secuestraos?... Leonel aplicó
esa.
- ¡No me matés!... Desembuchá querida
- Poné cuidao: imaginate que Leonel se embolató
desde el viernes hace ocho días. Y al otro día,
sábado, la hija mía, Rosalba, llame a la policlínica,
llame al anfiteatro
Y por la noche llamó Leonel:
que lo tenían secuestrao. A Rosalba sí le pareció
raro que al fondo se oyera un conjunto vallenato
- ¿Lo tenían en la costa?
- Esperate
Al rato llamó una vieja y pidió
la primera esigencia: dos garrafas de ron, una bolsa de yelo,
seis paquetes de cigarrillos y un kokoriko.
- ¡Sagrado rostro!
- El domingo por la mañana llegó una prueba de supervivencia:
una foto de Leonel en pantaloneta parao en el trampolín
de una picina. Entonces Rosalba se dijo: esta no es conmigo, voy
a esperar que llegue ese asqueroso.
- Ya estaba cogido en la mentira.
- Y es tan descarao que la última esigencia, ya el lunes
muy temprano, fue una ollada de changua y una petaca de cervezas
bien frías.
- ¿Y qué cara hizo ese conchudo cuando por fin llegó
a la casa?
- Le pareció mucha gracia llegar con una caja de mangos
Y Rosalba se detalló que en la caja decía Made in
Melgar.
- ¡Ahí se vendió!
- Entonces Rosalba quizque le dijo: oiste Leonel, ¿y ese
tufo? Y Leo quizque le contestó: me hicieron tomar de todo,
mija
La idea era matame con la revoltura.
- Ese Leo se las coge en el aire.
- Y Rosalba lo güelió y le preguntó: ¿y
ese olor a Pachulí? Y Leonel contestó: con ese perfume
fue que me privaron esos bellacos
- Ve Tola, no se nos olvide felicitar al canal Caracol por esa
berriondera de programa sobre La Sierra.
- ¿Sabés Maruja qué me impresionó
de ese indocumental?... Ese paraco que dejó ocho bebés
Cualquiera pensaría que lo mandó quebrar Profamilia.
- Se fajó Caracol
Y tuvieron la delicadeza de no
pasar propagandas.
- Ve Maruja, hablando de propagandas, ¿será muy
ordinario que digamos que nuestros sobrinos del grupo Frivolidad
presentan La comedia divina este viernes en el teatro Jorge Isaacs
de Cali y la otra semana en el teatro Pablo Tobón Uribe
de Medellín?
- ¡Ufff!... Más ordinario que una funeraria con Hora
feliz.
El
Colombiano
La pobreza de película en La Sierra
En el barrio ya no viven balaceras de hace 2 años, pero
hay otros dolores
Protagonistas de documental sobre el sector quieren superarse.
Niñas mamás, prostitución,falta de empleo,
los mayores desencantos.
Por
Elizabeth Yarce
La
Sierra, en el Oriente de Medellín, ya no es el barrio que
se recorría dos años atrás, cuando los jóvenes,
vestidos de camuflado y armados con fusiles, morteros y granadas,
se enfrentaban de calle a calle y de techo a techo.
Pero
algo, dicen varios de sus habitantes, se quedó "igualito":
la pobreza y el estigma de ser una zona peligrosa a pesar del
silencio de las armas y de que quienes en el pasado combatían
hoy son desmovilizados de las autodefensas.
Ese
barrio, de estrato uno, que se mostró hace poco en el documental
La Sierra, está ubicado en las laderas de Medellín,
en límites con Caicedo, La Toma y Villatina.
Hoy
se puede caminar allí con tranquilidad pese a que hay jóvenes
sin hacer nada en las esquinas, cosa que años atrás
podría significar algún tipo de ataque. "No
tenemos qué hacer, necesitamos camello", dicen algunos.
Las
cosas mejoraron porque ya no hay "riesgo inmediato"
de morir como consecuencia de una bala perdida, como ocurrió
con una anciana del barrio Ocho de Marzo, cuya identidad no fue
precisada y quien apareció en el citado documental.
"Ya
no está ese traqueteo tan bravo que teníamos pero
sí hay unos retorcijones de hambre en muchos estómagos",
señala Javier, líder comunitario del sector.
"La
cosa es tan horrible que muchas jovencitas están dándoselo
(acostándose) u ofreciéndose a los señores
de las tiendas a cambio de un mercado", agrega Julio Perdomo,
desmovilizado de Auc exintegrante de la Junta de Acción
Comunal de la comuna 8.
"Si
no muestran la película seguro que ni siquiera sabían
que estábamos en el mapa. Apenas los funcionarios se están
asomando a mirar si esto es tan duro como parecía e incluso
el Secretario de Gobierno (Alonso Salazar) nos visitó esta
semana. Reconocemos que ha habido varias obras de la Alcaldía
pero no sabemos en qué parará esto como va",
agrega.
Varios
de sus habitantes relatan que viven con de 5.000 a 10.000 pesos
en el día producto de las ventas callejeras, el reciclaje,
el trabajo doméstico.
Niñas
mamás
En la iglesia de La Sierra Jairo Flórez saluda a dos de
los siete nietos, hijos de Édison: "Esteban, Yuliza
Xiomara, Yoiner, Válery, Sebastián y Camilo. Es
lo bonito en medio de toda esta guerra", indica el hombre.
Dos
de sus "nueras", Marleny y Yurani, apenas sí
se saludan puesto que dicen que lo ocurrido con Édison
no las dejó de amigas.
Pero
coinciden en algo, a sus 19 y 17 años, respectivamente.
"Ser mamá es bonito pero no ya. Hice hasta quinto
de primaria, trabajo en un bar como mesera para sostener a la
niña y me siento estancada. Quiero ser una mujer normal
de esas que estudian, van a la universidad y las respetan",
explica Marleny mientras juguetea con su niña de tres años.
"También
estudié hasta quinto y ahora vendo mercancía a crédito.
Cuando mataron a Édison yo estaba en embarazo. Dios sabe
cómo hace sus cosas pero la verdad uno es muy inmaduro
y si pudiera aconsejaría a cuanta joven veo por ahí
que esperara varios años para ser mamá. Esto es
lindo pero duro y más sin papá al lado", reflexiona
Yurani.
A
medida que se avanza hasta la parte más empinada de La
Sierra varios de sus habitantes relatan otros dolores.
"No
hay cuadra sin muchachita en embarazo. Eso significa más
bocas para alimentar y menos posibilidades de que estudien",
precisa Alfonso (pidió no mencionar apellido).
"Después
de ver el documental donde se mostraba a La Muñeca (Edison
Flórez) con siete mujeres embarazadas o con niños
pensamos que esto iba a cambiar pero no. Por donde pase hay niños",
relata Alfonso quien observa a Milady con su barriga a los 14
años.
"Uno
sabe que existe el condón y todas esas cosas de planificar
pero muchas veces es mejor tener un niño para que el papá
no lo abandone a uno", dice una de las jóvenes embarazadas.
"Viendo
lo que pasa con tanta niña aquí en el barrio uno
sí empieza a cuidarse pero también hay hombres muy
machistas y no les gusta con condón. Yo me cuidé
hasta donde pude pero aquí tengo a mi bebé. Me tocaron
Los 15 barrigona y siento que es muy lindo ser mamá pero
no veo futuro para mí. El papá del niño me
dejó y en mi casa vivimos con lo que gane mi mamá
haciendo aseo. Somos siete viviendo de eso", agrega otra
menor de 16 años.
"Yo
no salí en ningún documental y quedé en embarazo
y ahora tengo esta preciosura. Pero no tengo trabajo, me toca
sufrir mucho y no sé si haya forma de que nos den empleo
a tantas mujeres que estamos como madres solteras por aquí.
No queremos un futuro malo, no los queremos en la guerra. Pero
hay que educarlos bien y la verdad hay muchos a los que no se
puede mandar a la escuela porque sencillamente no hay con qué",
señala Verónica Chaverra, quien carga un niño
de 15 meses.
"Por
alimentar un hijo uno hace lo que sea y si no miren lo que pasó
con Cielo en la película. A lo último no tuvo otra
opción que terminar en un bar", dice una de sus amigas.
Cielo
se encuentra en Urabá y espera un segundo bebé.
Tiene dos meses de embarazo y ni ella ni el padre de la criatura
cuentan con un empleo.
Una
casa para Jesús
Después de atravesar un morro empantanado y subir más
de 100 escalas, se llega a la casa de Jesús Martínez,
quien dejó de ser anónimo desde que se exhibió
el documental .
La
vivienda tiene dos habitaciones en las que viven ocho personas,
entre ellas su compañera sentimental y sus dos hijos, uno
de ellos de dos meses de nacido, y un perro.
"Todo
el mundo me saluda y bacano que sepan lo que vive uno. Pero me
veo y me dan ganas de llorar. Qué boleta, no quiero ser
el de la película. No quiero que mis niños terminen
en el vicio. Quiero una oportunidad de ser un buen hombre. Seis
años en la guerra me acabaron con mucho sueño",
explica Jesús, quien se desmovilizó el pasado mes
de julio.
"Uno
madura biche y estar en esa vaina lo deja a con cosas malucas
en la cabeza. Ahora estoy saliendo de la droga, estoy estudiando
y estoy diciéndole a cuanta gente veo de estratos más
altos que ayude al barrio. No éramos tres o cuatro los
que metíamos (drogas) o los que teníamos a los niños
aguantando hambre en la casa", precisa.
"Quiero
sentarme un día y mostrarles la película a los niños
y decirles que ni se les ocurra resultar en esa", añade.
Después
del asesinato de alias La Muñeca, Jesús y otros
30 jóvenes del bloque Metro combatieron con el Cacique
Nutibara. Al final se rindieron y decidieron unirse a ese grupo
y pudieron desmovilizarse.
"El
que ha estado en esta guerra sabe cómo es la movida y que
uno quedaba como un güevón si no se metía en
esto en estas zonas", dice Jesús.
Una
cosa es uno estar allá en Manrique o en El Poblado viendo
esto por televisión y otra muy distinta es uno aquí,
muerto del susto y con el fierro en la mano. Doy a gracias a Dios
por darme otra oportunidad. No quiero que me recuerden como el
malo de la película sino como alguien como se equivocó
cuando estaba joven pero ahora puede servirle mucho a este país",
sostiene.
El
joven empezó a realizar trabajos comunitarios en La Sierra
y dice que sueña con una casa para él y para todos
los habitantes del sector Las Mirlas-El Mosquito.
De
lejos lo observa Walter (Pirulo), de 15 años, quien dedica
su tiempo a lavar carros.
"Me
dejaron muy solo cuando pasó todo ese chispero. Ahora me
dicen que me van a ayudar luego de verme en la película
(...) Claro que me hubiera gustado hacer muchas cosas en la vida
pero es que esto ha sido bien berraco porque yo no tengo familia
siquiera", explica el joven y quien durante varios años
sirvió de "carrito" (encargado de llevar o esconder
armas) de las Auc.
En
medio de los problemas en La Sierra hay varias personas trabajando
por mejorar las condiciones sociales y económicas de sus
habitantes quienes advierten que no pueden ser desagradecidos
puesto que las necesidades económicas se quedan cortas
cuando de vivir en medio de balaceras se trata. "Eso es lo
peor que le puede pasar a cualquiera. Rezamos para que esa guerra
no vuelva", indica Verónica.
Ayuda
al lector
En
La Sierra subsisten aún muchas fronteras
Por
Margarita Martínez
Escallón En los últimos días me han preguntado
cuál es la situación actual de los protagonistas
y de La Sierra, el barrio en donde Scott Dalton y yo grabamos
un documental en el 2003.
Mucho
ha cambiado y al mismo tiempo las cosas siguen igual. Me contaron
los periodistas que subieron al barrio esta semana que habían
tenido que pedir permiso para filmar a los desmovilizados de la
Corporación Democracia que agrupa a la gente de Diego Murillo
( a. Adolfo Paz o don Berna).
Como
en los viejos tiempos. Como cuando Scott y yo le pedimos permiso
a alias Doblecero, para ingresar a ese barrio de la Comuna Ocho,
en esa Medellín de entonces llena de fronteras que aún
subsisten.
Otras
cosas son diferentes desde que terminamos de filmar las casi 100
horas. Las noches ya no son territorio de los muchachos armados.
Los tiroteos con los barrios vecinos y las angustias por las balas
perdidas son cosas del pasado. Ahora se forman corrillos de gente
en las esquinas y charlas de vecinos en las sillas de plástico
afuera de sus casas. Los muchachos del documental también
han cambiado.
Jesús
se desmovilizó en julio pasado con el grupo paramilitar
Héroes de Granada. Tuvo otro hijo, una bebé que
se parece a él. Le gusta la fama que le ha traído
el documental.
Cielo
esta esperando otro hijo que debe nacer en cualquier momento.
Se va a llamar Luisa. Esta viviendo fuera de Medellín con
El Gato, ese peludo al que ella peina el pecho durante el documental.
Ni ella ni su novio tienen trabajo.
Dice
que le gustaría que alguien les diera una oportunidad laboral
para tener manera de sacar adelante a sus dos hijos.
Pero
más que Medellín y Edison, Jesús y Cielo,
La Sierra es toda la Colombia marginal, cercana a los prósperos
centros urbanos donde su gente no tiene oportunidades de ingresar
al mercado laboral, donde hay pandillas y las niñas de
14 años son madres.
La
Sierra busca visibilizar y sensibilizar a un país que piensa
que su problema es sólo de seguridad.
La
historia de los pueblos la marcan las tragedias. Raramente las
celebraciones. Lo que muestra "La Sierra" es una de
nuestras tragedias.
El
Universal
Cartagena de Indias, Colombia, miércoles, 12 de octubre
de 2005
Viendo LA SIERRA
ALFONSO MÚNERA
Después de ver La Sierra -ese memorable documental sobre
la suerte de los jóvenes pandilleros de las colinas nororientales
de Medellín- mi hija Laura guardó silencio por un
largo rato. Estoy muy triste -dijo- por la muerte de Edinsón,
y se volvió a callar. En ese momento descubrí que,
aún sin querer admitirlo, sentía lo mismo. Y entonces
pensé que la clave del asunto estaba en que pese a que
el tal Edinsón era nada menos que el jefe de la banda de
paramilitares del barrio, que andaba armado día y noche,
y seguramente había matado, el documental estaba tan bien
hecho que uno era capaz de verle el alma a ese muchacho y comprobar
que no era más que eso: un jovencito que había tenido
que matar para no morirse él del puro terror que le producía
la vida infame que le había tocado.
Ahora bien, el documental no tiene nada de romántico: uno
viéndolo intuye también que a Edinsón no
le temblaba la mano para dirigir a su tropa de casi niños
en la ejecución de una masacre parecida a las tantas que
han ejecutado a lo largo y ancho del territorio nacional los grupos
paramilitares. Porque, claro, de eso se trataba. De sobrevivir
a costa de lo que sea. Nada en su experiencia lo predisponía
para lo contrario. Por otra parte, morir a balazos a manos del
Ejército era una de sus tantas muertes previsibles.
Entre las muchas cosas de este documental que perturban el ánimo,
una en especial me produjo profunda fascinación: Edinsón,
el líder, disfrutaba de un poder absoluto sobre la vida
y la muerte de los habitantes del barrio. Un inmenso poder derivado
de la capacidad de matar. Pero al mismo tiempo, su vida de don
Juan transcurría en la mayor miseria. La casa de sus padres
seguía siendo una covacha sucia y oscura. Así mismo
las de sus niñas amantes. ¿Para qué mataba,
se pregunta uno, si a la larga seguía igual de miserable?
Quizás ni él mismo lo sabía. Lo cierto es
que hay otros, los de afuera, los que finalmente gobiernan los
hilos de la violencia feroz desatada sobre la nación, que
sí obtenían inmensos beneficios de esta guerra primitiva
que los jovencitos de la banda de Edinsón libraban.
La misa final por el alma de Edinsón, en aquel ranchito
miserable de sus padres, a la que acuden sus cuatro amantes niñas,
unas con hijos, otras embarazadas, es un cierre perfecto para
esta película profundamente triste: allí siguen,
sin que nadie las ampare a sus 16 años, con hijos sin padre
para criar y obligadas a vivir una vida signada por el miedo.
¿Cuántas Sierras hay regadas en el territorio nacional?
¿Aquí en Cartagena, cuántas se están
incubando en los barrios miserables? ¿Mientras se pregonan
las excelsas calidades del paraíso turístico, cuántos
Edinsón se están incorporando desde los 12 años
de edad a las pandillas, para aprender a meter vicio, para traficar
y para matar? ¿Cómo culparlos, si la llamada sociedad
decente les ha dado la espalda, si, en verdad, con sus amigos
de la pandilla al menos derrotan un poco la soledad y encuentran
un oficio que les permite comer?
Hablo con frecuencia con el padre Pachito, como le dicen sus feligreses
pobres de las faldas de La Popa. Sé que su obsesión
es ayudar a parar el crecimiento desbordado de estas pandillas
y poder ofrecer a estos jóvenes casi niños otras
alternativas de vida. Pero cada vez es mayor también la
angustia y el sentimiento de frustrada impotencia que padece el
padre Aldana, pachito. Y lo es en primer lugar porque a este gobierno
de caricatura que ha tenido la ciudad no le preocupa esto ni nada
que tenga que ver con el bienestar de sus gentes. Y en segundo
lugar, porque nada de lo que pase en estas elecciones que se aproximan
influirá de manera decisiva en un cambio significativo.
Las Sierras cartageneras seguirán creciendo, de espaldas
al paraíso.
El
Universal
Cartagena de Indias, Colombia, miércoles, 5 de octubre
de 2005
"La Sierra" es Colombia
El documental "La Sierra", una realización de
los periodistas Margarita Martínez y Scott Dalton, mantiene
el interés del espectador, a pesar de la saturación
de películas colombianas que tratan la violencia.
La cinta es acerca de la vida de un barrio de las comunas de Medellín,
controlado en el 2003 por el denominado "bloque metro"
de las Autodefensas ilegales. Pero más que una historia
de la violencia, los es del frágil y accidentado tejido
humano de la marginalidad.
Los protagonistas son hombres y mujeres muy jóvenes, y
algunos no llegan a los 25 años. Demasiado jóvenes
para tener que vivir y morir en la realidad de la otra guerra
colombiana, que se libra en las ciudades y no en los campos y
selvas.
Las niñas compañeras de estos "duros"
son otra parte del rompecabezas de esa Colombia que casi no conoce
el país, o que tal vez se niega a aceptar que exista, y
que puede estar en las goteras de cualquiera de nuestras ciudades.
Allí los mandamases también pueden ser los "bacanes"
que viven de vender drogas y que tienen como deporte "preñar"
jovencitas, como ocurre en algunos barrios periféricos
de Cartagena.
Madres de no más de 14 años de edad crían
bebés en circunstancias indeseables, y pequeñines
que con escasísimas edades aprenden a hablar para fraguar
la venganza mediante las armas, como aspiración futura.
Las jóvenes madres no tienen muchas opciones de futuro
distintas a la prostitución, esperar a quien les ayude
a criar a sus bebés, o vender productos en las calles,
porque carecen de todo.
Futuro que se le niega también a personajes como Édison,
el eje central de la historia, jefe del bloque en su zona, que
hubiera querido estudiar ingeniería civil "para construir
escuelas y centros comunales" en su barrio, pero que tuvo
el final que intuía, al estar inmiscuido en la guerra por
el control de territorios, que no se ha acabado pese a la desmovilización
de gran parte de la estructura paramilitar en Colombia.
"La Sierra" documenta a aquellos colombianos que parecen
vivir en otro país, a pesar de su proximidad física
con las urbes más prósperas de Colombia, que en
el caso del altiplano, o de La Popa en Cartagena, le sirven de
telón de fondo a la miseria de las laderas.
El conflicto armado también se vive en las fronteras barriales,
y es allí donde igualmente hay que hacer urgentes intervenciones
sociales, antes que niños como el hijo de Cielo, una de
las protagonistas de la producción televisiva, tengan acceso
a un arma para tomar venganza de la muerte de su padre.
Falta de educación, fácil acceso a las armas, a
las drogas, pocas oportunidades de desarrollo, escasísimas
opciones para ocupar constructivamente el tiempo libre, constituyen,
entre otros, el caldo de cultivo principal para que Colombia pierda
otra generación de nacionales buscando eliminar al enemigo
del momento.
En este sentido, "La Sierra" no es sólo Medellín,
sino toda la Colombia marginal.
2.
Folha de S.Paulo - "La Sierra" estuda guerrilha paramilitar
- 04/10/2005
... São Paulo, terça-feira, 04 de outubro de 2005
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estuda guerrilha paramilitar LÚCIA VALENTIM RODRIGUES DA
REPORTAGEM LOCAL Uma faceta ... LÚCIA VALENTIM RODRIGUES
DA REPORTAGEM LOCAL Uma faceta diferente da Colômbia se
revela com "La Sierra", de Margarita Martínez
e Scott Dalton. Ainda permanece sendo a Colômbia da ...
http://www1.folha.uol.com.br/fsp/ilustrad/fq0410200518.htm
04/10/2005 - 10h04
"La Sierra" estuda guerrilha
paramilitar
LÚCIA VALENTIM RODRIGUES
da Folha de S.Paulo
Uma
faceta diferente da Colômbia se revela com "La Sierra",
de Margarita Martínez e Scott Dalton. Ainda permanece sendo
a Colômbia da violência, mas neste documentário
sobre um povoado em Medellín não há narcotráfico
nem Farc (as Forças Armadas Revolucionárias da Colômbia).
Aqui,
não existe ideologia, e as drogas são um detalhe
na vida de jovens para quem uma arma é símbolo de
poder e de atração sexual. "Estamos nas mãos
de garotos armados", sentencia um senhor no filme. Esses
garotos fazem parte de grupos paramilitares ligados à extrema
direita.
O
filme começa numa corrida de táxi. Os dois cineastas
pedem para serem levados à La Sierra, na periferia de Medellín.
"Tudo bem, mas, quando chegarem lá, é melhor
desligar a câmera. Não se pode filmar", aconselha
o motorista.
Mas,
com permissão do chefe nacional dos paramilitares, se pode
tudo. Usando o mesmo subterfúgio que Fernando Meirelles
quando rodou "Cidade de Deus", a jornalista Margarita
Martínez ligou para seu contato no alto comando e subiu
o morro. "O modo de vida desses combatentes é muito
primitivo. Apenas pensam na sobrevivência, sem nenhum vestígio
de ideologia política."
Em
2003, Martínez e Dalton acompanharam a rotina do povoado
durante seis meses, enfocando três personagens principais:
Edison, 22 anos, sete deles lutando para os paramilitares, é
o comandante local. Moleque ainda, tenta resolver os problemas
da comunidade, enquanto vê os seus aumentarem com o nascimento
de um filho após o outro (são oito), todos de mulheres
diferentes.
Alguém,
afinal, tem de repovoar La Sierra, com tantos homens morrendo
tão cedo. Um amanhã nas armas ou cuidando das crianças
são as únicas opções locais.
Jesús,
19, viciado em cocaína, perdeu a mão com uma granada
e vive "acelerado". "Não sei quando fiquei
tão louco. Mas, desde que tenho uma arma, já posso
morrer, porque conheci tudo."
Cielo,
17, se descobriu namorada de um paramilitar quando ele foi preso.
Aos 15, já tinha ficado viúva pela primeira vez.
"Nossa
idéia foi sensibilizar a juventude para que eles não
entrem nessa vida", acrescenta Martínez.
O
documentário estréia na quinta na TV colombiana,
mas a cúpula dos paramilitares já viu. "Ficamos
sabendo que eles assistiram e gostaram. Não sei se o governo
vai apreciar, porque, quando exibimos o filme num festival americano,
o prefeito de Medellín nos aconselhou que, nas apresentações,
ressaltássemos que isso tinha acontecido há muito
tempo."
"La
Sierra" já está comprado por uma TV espanhola
e pela BBC. Mas, no Brasil, por enquanto só será
possível encomendá-lo pelo site www.lasierrafilm.com.
Realidad
y cosmetología
Por Héctor Rincón
hrincon@lahoja.com.co
Supongamos que en Ralito hay dos docenas de esos comandantes que
se hacen llamar como los llaman, y viven como viven en casas a
las que entra el viento y desde las que miran a pastizales y a
ceibas florecidas que dan sombras en las que retozan sementales
cebú y terneros recién destetados. Supongamos.
Están allí, en las mejores tierras de Colombia,
en las que todavía se oyen cantos de vaquería y
por las que pasan arroyos que van al San Jorge o al Sinú,
están allí porque además de tener un grueso
prontuario delictivo son comandantes de un número de combatientes
que según se dice ya son como 15.000, y que son quienes
-esos guerreros- respaldan su poder que se les traduce a ellos
-a esos comandantes- en vivir en todo eso tan bucólico
y tan seguro y tan costoso.
Supongo pues todo eso cuando me sumerjo en la búsqueda
de saber qué son, quiénes son y cómo viven
esos militantes de los bloques autodefensores, y me encuentro
con ellos a boca de jarro en un documental que se llama La Sierra
que está por ahí en alguna sala de cine de culto,
en los semáforos en donde lo venden los piratas como un
éxito de temporada, pero está sobre todo en la realidad
que se vive en los barrios de arriba de Medellín, pero
que pudiera ser en los de Bogotá o en los de Cimitarra
o en los de Puerto Asís.
La Sierra es una pasión periodística de Margarita
Martínez y Scott Dalton, dos gomosos de la realidad que
se cansaron de la tiranía de los restringidos formatos
noticiosos habituales, y consiguieron a punta de apostolado coger
hirviendo lo que sucede con esas bandadas de muchachos que son
los trompos de poner de los comandantes aquellos que ya dije.
Colombianos de barrios excluidos, reclutados por 15 centavos,
armados de truenos y del poder que da tenerlos, que ejercen de
niños feroces ante los vecinos, que matan jugando a ser
Matrix, y a quienes matan por contabilizar que los mataron para
que se mantenga el poder que da el terror a la muerte y a los
ángeles exterminadores.
La
Sierra es un documental verídico porque no recurre a la
realidad fabricada de Rosario Tijeras
Este
valiente documental muestra la evolución que ha tenido
el sicariato que desde aquellos tiempos del 'narco' simple, cuando
jalaban del gatillo 'por la cucha' porque madre no hay sino una,
y padre es cualquier hijueputa, de aquella época a ahora
hay toda una nueva generación al servicio de una delincuencia
que se volvió política sin que ellos, los de la
carne de cañón, sepan el qué y el para qué
y el para quién. Como antes lo eran para los 'narcos' declarados,
pero más barato ahora.
La Sierra, que es el nombre de la barriada en la que sucede esta
vida de presentes miserables en las que aún no hay futuro,
es un favor que nos hacen para ver lo que no se ve en las desmovilizaciones.
Un favor para ponerles carne y huesos y lágrimas y hambre
a los números que se publican de cuántos van, de
cuántos del bloque tal, de cuántos de cuáles
héroes son.
Una mirada en primer plano y sin maquillaje y sin tapetes rojos.
Una mirada al espejo sin los estereotipos teñidos de farándula
que han vendido a borbotones con Rosario Tijeras, esa película
livianita que presenta una realidad imaginada en el cóctel,
vestida de cóctel, hablada como de cóctel, que carece
de veracidad. La Sierra es verídica como la miseria, dolorosa
como el desangre de una juventud cosida a balas y a desesperanza.
Un documental de época que desde luego no recurre al estereotipo
del quihubo parce, insulso cuando no se siente desde adentro.
Cuando se hable de estos tiempos que corren, en apariencia en
camino hacia la mansedumbre, estará La Sierra para mirarnos
al espejo.
E-mail: hrincon@lahoja.com.co
En El Tiempo de hoy...
Febrero
1 de 2005
Así fue la filmación de 'La Sierra', documental
hecho en Medellín y premiado en E.U.
Durante un año, con permiso de un jefe paramilitar, dos
periodistas estuvieron con adolescentes que dominaban un barrio.
Esta es la historia.
Un tendero paisa del barrio La Sierra, en los cerros de Medellín,
intenta resumir de manera simple lo que pasa en sus calles: "Los
de allá matan a los de aquí porque son de aquí.
Y los de aquí matan a los de allá porque son de
allá. Son muchachos, estamos en manos de muchachos armados."
La cámara de Scott Dalton enfoca su rostro trigueño
a través de una ventana. En buena parte, la frase del tendero
es la misma que indujo a este fotógrafo estadounidense
y a la periodista colombiana Margarita Martínez Escallón,
ambos de la agencia de noticias AP, a filmar un documental que
reflejara la situación de los jóvenes colombianos
afectados por el conflicto.
Los dos reporteros se sentían impactados por las imágenes
de niños y jóvenes apertrechados para la guerra
que encontraron en sus correrías periodísticas.
Habían discutido el tema en diferentes ocasiones, aunque
sin poder aterrizarlo. Hasta hace dos años, cuando les
tocó cubrir las actividades del Bloque Metro de las autodefensas
en los barrios periféricos de Medellín.
Por esa época, los fogonazos de pistolas y fusiles, como
luciérnagas, salpicaban las noches en La Sierra y en otros
barrios de callejones laberínticos. El Bloque Metro y la
guerrilla se disputaban cada metro de territorio. Uno y otro bando
estaba conformado por jóvenes reclutados de tiempo completo
para la guerra.
Les pareció el escenario adecuado para contar una historia
local, de dimensiones universales, como la película brasilera
Ciudad de Dios.
Contactaron entonces a 'Doble cero' o 'Rodrigo', el jefe del Bloque
Metro y le expusieron la idea.
El jefe paramilitar los escuchó atentamente antes de autorizar
el ingreso de las cámaras a su territorio: "Sería
un buen trabajo de la sociología de la violencia",
recuerda Margarita Martínez Escallón que pronosticó
'Doble cero'.
Desde su radio, el jefe 'para' los puso en contacto con 'Edison',
su hombre en las calles de La Sierra.
'Edison', quien terminó convertido en protagonista del
documental, es como uno de aquellos personajes de Rodrigo D; o
de No nacimos pa' semilla, pero con un discurso sobre la búsqueda
del bien para la comunidad.
Cuando lo filmaron, 'Edison' tenía 22 años. Era
el padre de seis hijos con seis mujeres diferentes, ejercía
el mando sobre un ejército de adolescentes de bermudas
y camisetas, y amanecía cada día con la sorpresa
de seguir vivo.
Tardaron semanas en lograr la confianza de los jóvenes
'paracos' y de los habitantes del barrio. Pero, finalmente, los
acogieron en sus casas y pudieron acceder con la cámara
a momentos tan íntimos y caóticos como lo que rodean
la muerte inesperada.
Por las noches, Scott Dalton los acompañaba en los patrullajes
por los vericuetos del barrio. En una de esas jornadas, Dalton
vivió el momento de mayor peligro durante la filmación.
Ese instante quedó grabado. Los muchachos avanzan por una
callejuela cuando se escuchan un tiroteo. "¡Abajo gringo,
abajo...!", le grita Jesús, uno de los combatientes.
Todos se lanzan al piso mientras las balas zumban alrededor.
Filmaron en forma intermitente durante un año, hasta completar
122 casetes de 45 minutos cada uno. En el proceso la edición
quedaron resumidos en un documental de 90 minutos titulado La
Sierra.
Con ese material participaron, y ganaron, en diciembre pasado,
el premio del mercado cinematográfico Independent Film
Productions (IFP), en Nueva York, al mejor largometraje documental.
La semana pasada, La Sierra recibió mención de honor
en el Festival Slamdance de Cine -conocido como el alterno al
Sundance- en la misma categoría.
La próxima semana, del 7 al 12 de febrero, La Sierra estará
en el Festival Internacional de Miami. En Colombia aún
no ha sido exhibida, pero los directores están en negociaciones
con un canal privado de televisión, para emitir una versión
de 50 minutos.
También irán a Festival de Cine de Berlín,
en un paquete de cintas ganadoras del IFP, que no estarán
en competencia.
En el fondo, La Sierra es un reportaje periodístico con
el foco puesto en los guerreros adolescentes, pero que permite
ver el drama de cuatro generaciones azotadas por la violencia.
Aparecen las madres y abuelas desplazadas del campo a mitad del
siglo pasado. Sus hijos son una generación casi invisible
porque murieron en la violencia del narcotráfico de los
80. Sus nietos, como 'Edison', son los nuevos gatilleros y muchos
hijos de estos ya son huérfanos de la violencia.
Por todo eso, La Sierra es inquietante. Es una advertencia sobre
el futuro de generaciones que sin terminar la primaria juran sangrientas
venganzas y de madres, viudas adolescentes, que intentan arañar
unos pesos en el rebusque callejero para no terminar en una cantina
de mala muerte.
José Navia
Editor de Reportajes
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